Miércoles 8 Septiembre 2010
Según una encuesta realizada en 10 países europeos, los españoles somos de los que más protestamos por los ruidos vecinales y a más de la mitad de nosotros nos fastidian tanto las algaradas de nuestros vecinos que, si pudiéramos, les saltaríamos al pescuezo. No nos faltan razones, porque entre los vecinos molestos que no nos dejan descansar ni por las noches, los ayuntamientos pejigueros que se empeñan en poner a todo tipo de obreros y artilugios ruidosos durante el día y nuestro afán de escuchar música a toda pastilla, dicen los expertos que nos estamos quedando sordos. Bajar la música es cosa nuestra, pero reclamar y denunciar un exceso de ruido que hacen otros, es toda una odisea. Si tienes suerte y en la centralita de la policía municipal correspondiente te cogen el teléfono, y después de pedirte hasta el ADN de tu DNI, comprenden que tu queja no es una pataleta sino supervivencia porque te quedan dos horas de sueño y el peñazo del vecino, a las 4 de la madrugada, sigue con un jolgorio de todos los demonios, si superas esas etapas, lo más probable es que encuentres otra insalvable con el operador diciéndote que como solo tienen un par de patrullas operativas, no saben si podrán ir a mandar callar al vecino ruidoso antes del amanecer.
Muchos, hemos soñado alguna vez con heredar de algún pariente rico, pero ni todos tenemos un tío rico, ni siempre nos merecemos una herencia, ni el tío rico suele estar por la labor y por eso termina haciendo con su dinero lo que le peta, que para eso es suyo. Una ciudadana americana, por ejemplo, decidió que de sus 12 millones de dólares, 6 fueran para su hermano y los otros 6 para su perro. A sus hijos ni agua. Al hijo, le dejaba, según ella, “el placer de trabajar para ganarse la vida ya que no lo había hecho en 35 años” y a su hija mil dólares que le sobrarían, porque a decir de la millonaria, el mejor negocio que había hecho la chica en cuestión, había sido casarse con un marido con posibles. Un británico, harto de que su mujer no lo dejara fumar en ningún sitio de la casa, como venganza, al morir le dejó una herencia de medio millón de libras, con la única condición de que, ella que tanto le había tocado las narices con el tabaco, se fumara cinco cigarrillos diarios el resto de su vida. Otro millonario californiano nombró herederos a sus hijos pero con la condición de que si alguna vez el césped de su tumba se volvía amarillo por falta de cuidados, un juez los desheredase y legase lo que restara de fortuna a los pobres.
Como las radiografías y todos sus primos de diagnóstico por imagen no hay quién las entienda, en Japón, hartos de no saber qué hacer con esas cosas que son como negativos de fotografía, y teniendo en cuenta que al parecer filtran moderadamente los rayos de sol, las usan para hacer estores para las ventanas. Algunos nunca haríamos eso, porque nos da cosa pensar que cada vez que miremos a las cortinas, se nos aparecerá el fémur roto por culpa de una mala caída, la columna con más grapas que un cuaderno mal hecho, el pulmón renegrido después de años de pegarle a la fumata o el cerebro escaso de masas. Produce yuyo solo pensarlo, así que hemos decidido quedarnos con otra radiografía, la radiografía del ingenio de algunos para sacarnos la pasta. Es que a unos no nos queda más remedio que aguantar la cornada de la crisis y relamernos la herida esperando que cure lo más pronto posible, pero otros se dedican a vaciarnos los bolsillos. Es lo que están haciendo muchos alcaldes que, para hacerse con dinero fresco, nos endilgan multas, aunque sea rescatando viejas normas como prohibir que lavemos el coche o le cambiemos el aceite en la calle.
A una persona normal, jamás se le ocurriría contar las veces que abre y cierra la boca al final del día, pero a otros sí, y dicen que entre hablar, comer, bostezar, reír o beber, enseñamos dientes unas 6.000 veces diarias. Y no se lo tomen a cachondeo porque, quienes se han dedicado a echar semejantes cuentas, dicen haberlo hecho para estudiar mejor el desgaste de los dientes. A lo mejor esta vez hay suerte y, entre apertura y cierre de boca, descubren como evitar el dolor de muelas y que tengamos que pasar por el potro de tortura, porque por mucho que los odontólogos aseguren que lo suyo no duele, según la encuestas, vamos poco por la consulta del dentista no solo por el precio, que también, sino porque les tenemos más miedo que a la peste. Claro que una cosa es tenerle tirria al dentista y otra que nos pase como a George Washington, que cuando juró el cargo como presidente de los EE UU solo le quedaba un diente. Los había perdido, según Adams, su sucesor, porque mientras los tuvo, se dedicaba a partir nueces con ellos, aunque algunos historiadores defienden que el motivo de quedarse desdentado fue una medicación contra la malaria y la viruela.
Una de las peores cosas del cáncer, aparte de él mismo, es que nos tiene descolocados no solo a la gente corriente, sino también a los científicos que no saben muy bien qué tecla tocar y por eso, por cada estudio que dice una cosa hay, por lo menos, otro que dice justamente la contraria. Por ejemplo, como muchos estudios aseguran que una actitud positiva activa nuestro sistema inmunológico mientras que cuando nos dejamos llevar por el pesimismo somos más vulnerables a los efectos de enfermedades canallas como el cáncer, llevamos toda la vida pensando que el optimismo es fundamental para plantarle cara a la bicha, pero resulta que eso no está claro del todo, porque otros estudios de universidades como la de Nueva York, Michigan, Londres o Stanford en California, dicen que de eso nada, que después de haber estudiado en cada una de ellas a miles de pacientes oncológicos, han llegado a la conclusión de que una actitud positiva puede ser favorable tanto en cuanto nos ayuda a soportar mejor la idea de que estamos enfermos de cáncer, pero que en ningún caso ese optimismo impacta en el resultado final. Con los teléfonos móviles y su posible relación con determinados tumores ocurre lo mismo.