Sábado 11 Febrero 2012

Punto Crítico

Ninguna multa los podría convencer mejor de lo malo que es mear fuera de lugar.

Fíjense si hay gente ociosa, que en una universidad americana se han dedicado a estudiar la velocidad a la que orinan los hombres. Para saberlo, uno de los investigadores se metió, cronómetro en mano, en un urinario de la universidad y cada vez que entraba alguien, él anotaba el tiempo que tardaba en orinar, y la persistencia del chorro de pis, aunque lo del chorro lo calculaba a ojo, porque si lo miraba directamente, temía que le arreasen algún que otro mamporro. Recogidos unos centenares de muestras, les pidieron a un grupo de voluntarios que orinasen pero sabiendo que estaban siendo controlados. Los resultados confirmaron los que habían tomado a escondidas; que los hombres tardan 4,8 segundos en empezar a orinar cuando están solos y justo el doble, cuando tienen a alguien orinando a su lado. ¿Que para qué les sirvió semejante investigación?, simplemente para llegar a la conclusión de que los hombres se vuelven tímidos a la hora de hacer pis, cuando tienen a alguien pegado a su hombro. Ya puestos, también podían haber investigado porqué algunos hombres tienen la fea costumbre de orinar contra las paredes, porque ya sabemos que eso de orinar en la calle viene de viejo, dicen que desde la antigua Roma donde usaban la orina para curtir las pieles e incluso para lavar la ropa.

19.05.2010
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Como necesitaban tanta, ponían vasijas en la calle para que el personal orinase al pasar y la orina se convirtió en un negocio tan importante que Vespasiano se inventó el impuesto de orina. Cuentan que su hijo Tito, que debía ser un pijín de la época, un día le recriminó que se enriqueciese a cuenta de un impuesto tan asqueroso, así que Vespasiano le puso una moneda en la mano y le dijo que “el dinero no huele”. Pero como hay tanto guarrete que debe pensar que está en la vieja Roma y por eso orina en cualquier parte, en Río de Janeiro, además de meterle un puro al que trinquen meando en la calle, lo mandan una semana a la cárcel; y un bonaerense, harto de que le dejasen la pared de su casa peor que un retrete de carretera, ha hecho, a la altura de las partes colgantes de los hombres, un pequeño boquete, con desagüe incluido, para que orinen allí y no le pongan perdida la pared. Aquí en España, con la crisis, muchos ayuntamientos, están desempolvando viejas normativas que multan por orinar en la calle y el de Baracaldo, por ejemplo, el año pasado puso más de 200 denuncias por ello a una media de 750 euros por meada fuera de sitio. Las multas pueden disuadir o no, pero lo que no falla es un cocodrilo o una serpiente venenosa. Que se lo pregunten sino a un turista americano que se puso a orinar en la orilla del lago mejicano de Nicupte y un cocodrilo casi le afeita sus partes de un bocado; o a otro turista que en una carretera del norte de Australia, se bajó del coche para orinar en el arcén y una serpiente venenosa pegó un salto y se le quedó enganchada en el aparato mingitorio. Dicen los médicos que al pobre tipo le dolió más la vergüenza de llegar al hospital con aquello enganchado que la posibilidad de haber muerto de la picadura. Ninguna multa los podría convencer mejor de lo malo que es mear fuera de lugar.

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