La genética es un método de prevención infalible porque al permitirnos saber para qué enfermedades nos han dado papeletas, podemos prevenirlas. Ahora, gracias también a una cosa llamada nutrigenómica sabemos que la obesidad no se combate a lechugazos, sino a golpe de ADN porque analizándolo pueden saber qué alimentos nos engordan y a veces nos encontramos con la sorpresa de que la lechuga nos convierte en focas. Además, como el ADN es personal e intransferible y no cambia ni siquiera en siglos, podemos hacernos nuestra dieta personalizada de por vida. Es que el ADN da mucho de sí, no en vano dicen que un solo de sus centímetros cúbicos, contiene más información que un billón de discos compactos. Bien es verdad que a veces resulta traumatizante porque saber que compartimos el 99 por ciento de los genes con un chimpancé, que los tiburones o las ratas tienen tanto ADN como un ser humano, que la mosca del vinagre tiene el doble de genes que cualquiera de nosotros o que al 95 por ciento de nuestro ADN le llaman basura porque no sirve para nada, es un palo para nuestra autoestima genética.
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